domingo, 2 de agosto de 2009

Sobre nosotros, descendientes de inmigrantes.


Tuve la oportunidad de recorrer una parte del camino que recorrieron nuestros antepasados, visité el Hotel de los Inmigrantes. Me impactaron los formidables edificios que tuvieron que atravesar algunos y a otros albergaron.
Mientras caminaba por la calle que conduce desde el desembarcadero hasta el ingreso del hotel, pensaba cuántas veces mis abuelos pasaron por allí, entre fines del siglo pasado y principios de éste entraron y salieron a visitar la familia que había quedado en la tierra natal, el llamado a la primer guerra mundial, a la que mi bisabuelo paterno fue convocado a pesar de ya estar establecido en el país con su esposa, tres hijos y trabajo, y sin embargo tuvo que cumplir con su deber de ciudadano francés.
Mi abuela materna en busca de su esposo que se adelantó para llegar a la Argentina explorando un mejor porvenir, consiguió trabajo en la cosecha, fue trasladado a distintas provincias y sus cartas no llegaban a España, allí su esposa esperaba el aviso de embarcarse con sus hijos para reunirse con él, era una mujer decidida y vino sola a su encuentro, dejando a los niños al cuidado de parientes, cuando llegó le informaron que su marido había partido enfermo de regreso, se cruzaron en el mar, Baltasara volvió a su pueblo de inmediato y cuando llega lo encuentra muy enfermo, fallece dejando instalada la tristeza en su familia; sin embargo, ese primer viaje que realizó mi abuela le dejó percibir una nueva vida en esta tierra, y no dudo, al poco tiempo junto a sus hijos vuelve a la Argentina, ellos le daban la fuerza para forjarse una nueva vida, quería llevarlos a donde tuvieran la oportunidad de crecer aprendiendo un oficio y siempre con la esperanza de la fuente de trabajo para todos.
Caminé pisando cada huella imaginaria que dejaron dibujada en el cemento, pude observar los grandes libros donde anotaban sus ingresos, toqué los baúles de la época, las camas marineras destinadas a los que no tenían familia ó contactos que los esperaran, me informaron que muchos de ellos desconocían el idioma, no sabían leer ni escribir, otros venían enfermos.
La mayoría eran necesitados expulsados de países que se encontraban en plena etapa de industrialización, que no querían a los pobres que el mismo progreso generaba y luego rechazaba, fueron épocas de transición que lamentablemente no finalizaron, en la actualidad también se repite esta transformación, con la diferencia que en aquel momento parte de nuestras autoridades preferían el ingreso de sajones y en su lugar entraron españoles, italianos y franceses; hoy viviendo en una etapa de plena expansión tecnológica, ingresan nuestros vecinos latinoamericanos, con el mismo sentimiento de desarraigo, con la misma esperanza de encontrar un lugar en el mundo para establecerse y formar un nuevo hogar.
Nosotros que somos los descendientes de aquellos inmigrantes, somos los que más podemos comprender a las personas que están llegando, conocemos los obstáculos por los que pueden pasar, el costo a pagar por tener una mejor oportunidad de vida es muy alto. Sin embargo, y a pesar que ha dejado de funcionar el Hotel de los Inmigrantes, tenemos la riqueza de poder brindarles aún educación y salud gratuita, esta es nuestra mayor fortaleza. Por supuesto no les resulta fácil alquilar y menos aún comprar y la oferta de trabajo es precaria para la mayoría, por esto creo que tenemos que desempolvar nuestra memoria y hacerles más llevadera la vida con gentileza, propiciando los vínculos para que sientan que les ofrecemos una nueva oportunidad de comenzar, ellos dejaron atrás lo irremediable para aventurarse a lo nuevo y desconocido igual que nuestros abuelos en otra época, con diferentes costumbres que hoy también comenzaran a moldear un poco nuestra vida.

María Cristina Briand, 2 de Agosto de 2009.

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